Durante los últimos años, Colombia ha sido testigo del crecimiento del liderazgo femenino en todos los ámbitos. Las mujeres dirigen empresas, ocupan cargos públicos, lideran procesos sociales, impulsan emprendimientos y, en millones de hogares, son el principal soporte de sus familias. Según las cifras demográficas del país, las mujeres representan cerca del 51 % de la población colombiana, superando los 27 millones de habitantes. Son ellas quienes hoy tienen una participación determinante en la economía, la educación, la política y el desarrollo social de la nación. Sin embargo, los recientes resultados electorales dejaron una pregunta incómoda: ¿dónde quedó la sororidad cuando una mujer aspiró a la Presidencia de la República?
El caso de Paloma Valencia vuelve a abrir ese debate. Aunque llegó a la contienda respaldada por una importante trayectoria política y por mujeres líderes en distintas regiones, ese apoyo no terminó reflejándose de manera contundente en las urnas. En Casanare, por ejemplo, la representante a la Cámara Arledy Alvarado recorrió municipios y veredas llevando el mensaje de campaña y defendiendo la participación de la mujer en los escenarios de decisión. A este esfuerzo se sumaron figuras como Cielo Barrera, ex primera dama del departamento; la diputada Maricela Duarte; y Julieth Parra, reconocida por su trabajo en el fortalecimiento de los emprendimientos femeninos y la generación de oportunidades para las mujeres.

Y es que Casanare ha sido escenario de múltiples iniciativas orientadas al empoderamiento femenino. Programas de apoyo a emprendedoras, espacios de formación, ferias como Expo Mujer, la Carrera de la Mujer y diferentes estrategias institucionales han buscado durante años destacar el papel femenino en la construcción del territorio.
Las mujeres son protagonistas en la familia, donde muchas son madres cabeza de hogar; en la economía, donde generan empleo y emprendimiento; y en la sociedad, donde lideran procesos comunitarios y de transformación social. Nadie discute su capacidad de liderazgo ni su importancia para el desarrollo regional y nacional.
Por eso surge una de las grandes contradicciones que dejó esta elección. Mientras el discurso de respaldo a la mujer gana cada vez más fuerza y se multiplican los espacios para exaltar su liderazgo, una candidatura presidencial encabezada por una mujer no logró consolidar un apoyo proporcional entre el electorado femenino. Las imágenes de campaña mostraban mujeres vestidas de blanco y rosado acompañando recorridos y concentraciones políticas, reflejando entusiasmo y compromiso. Sin embargo, los resultados finales contaron una historia diferente.
Más allá de partidos o ideologías, la elección deja una reflexión inevitable: Colombia reconoce cada vez más el papel de la mujer en todos los escenarios de la vida nacional, pero cuando llega el momento de respaldar a una mujer para ocupar el cargo más importante del país, la llamada sororidad parece quedarse corta frente a las diferencias políticas y electorales.
