La historia de Mauricia Sogamoso, nacida en las Montañas del Totumo y arraigada en Paz de Ariporo, no es solo un relato de supervivencia, sino el pulso callado de miles de madres que, en medio del conflicto, sostuvieron a sus familias con las manos vacías y el corazón entero.
A sus 95 años, doña Mauricia encarnó con dignidad la memoria de un territorio marcado por el fuego, pero también por una fortaleza que no conoció rendición.
La señora Mauricia falleció recientemente de causas naturales, sus seres queridos, amigos, conocidos y vecinos, en un sentido homenaje la acompañaron en el sepelio, el cual se realizó en el cementerio central de Yopal.
En los años noventa, cuando la violencia entre guerrilla y autodefensas desgarraba el Llano, ella tomó una decisión desgarradora: vender su finca a un precio irrisorio para salvar la vida de sus siete hijos. El desplazamiento forzoso la llevó a la cabecera municipal, donde, sin tierra ni recursos, libraba cada día una batalla silenciosa por el pan y la esperanza.
Pero su resiliencia tenía raíces aún más profundas. Según relata su hijo Gerson Hernández, doña Mauricia quedó viuda en el mismo instante en que daba a luz. Su esposo fue asesinado mientras ella traía al mundo una nueva vida. De pronto, con seis hijos a cuestas y otro en brazos, el mundo se le vino encima. Sin embargo, no se dejó caer.
Aunque su matrimonio había surgido de un acuerdo entre familias, se transformó en un vínculo de profundo afecto. Él, de Paz de Ariporo; ella, de Hato Corozal: dos llaneros unidos por el destino y el cariño. Tras su partida, ella guardó lealtad a su memoria, sin volver a casarse, entregando cada aliento a la crianza de aquellos hijos que la guerra intentó arrebatarle.
Hoy, doña Mauricia es mucho más que una madre cabeza de hogar. Es símbolo de una entereza que no claudica, ejemplo de que el amor puede ser trinchera y refugio.
Su legado, tejido entre la fe en Dios y la convicción de honrar a los padres, vive en una familia que decidió cuidarla en su vejez con la misma ternura con que ella los acunó cuando eran niños. Sus hijos se negaron a internarla en un geriátrico, rompiendo con una fría costumbre de estos tiempos.
Así, entre recuerdos de penumbra y gestos de luz, Mauricia Sogamoso permanece: faro para las nuevas generaciones, testimonio vivo de que, incluso en los suelos más arrasados, puede brotar la esperanza.
