El calendario ha sumado cuatro años de incertidumbre para la familia de Angie Mildred Billizia Pinto, cuya huella se perdió el 9 de julio de 2022 en la ciudad de Neiva.
La joven de 25 años había dejado su natal Pore con la ilusión de construir un hogar junto a Miguel Andrés Moreno Cadena, un patrullero de la policía que le prometió una vida estable en una propiedad del Huila.
Sin embargo, lo que parecía un proyecto de bienestar familiar se transformó en una tragedia que hoy mantiene a una madre recorriendo despachos judiciales y parajes desolados en busca de respuestas. El silencio oficial y la falta de avances significativos en la investigación han convertido este caso en un doloroso símbolo de la búsqueda de justicia en la región.
Aquella última noche de Angie en el barrio Los Parques estuvo marcada por gritos de discusión que alertaron a los vecinos, quienes más tarde observaron movimientos inusuales del patrullero. Al día siguiente, algunos testigos afirmaron haber visto al uniformado sacar bolsas negras de basura mientras otros notaron la salida de humo denso desde la vivienda, como si algo se quemara a altas horas de la madrugada.
Pocos días después, el 13 de julio, el cuerpo de Moreno Cadena fue hallado con un disparo en la cabeza en lo que inicialmente se reportó como un suicidio. No obstante, Martha Pinto cuestiona esta versión de los hechos al señalar que el arma se encontró en una posición incompatible con la lateralidad del agente, quien era zurdo.
La búsqueda de la verdad ha tropezado con obstáculos que resultan difíciles de asimilar para los familiares, como el reporte de cámaras de seguridad que supuestamente se trabaron en el momento crítico de la desaparición. En el ámbito legal, la situación se tornó aún más compleja cuando la familia del patrullero presentó un recibo de un supuesto laboratorio para negar la paternidad del hijo de la pareja y así disputar derechos sucesorios.
Al verificar el documento, se descubrió que la dirección correspondía en realidad a una galería de arte con décadas de funcionamiento, evidenciando una maniobra para entorpecer el proceso de reconocimiento del menor.
El pequeño, que está por cumplir cinco años, es el testigo silencioso de este drama y refleja en su comportamiento cotidiano las secuelas de lo vivido. El niño padece pesadillas recurrentes y manifiesta un miedo profundo a la oscuridad y a los espacios cerrados, requiriendo dormir siempre con la luz encendida para calmar su angustia.
A pesar de su corta edad al momento de los hechos, todavía reconoce a su madre en fotografías, mientras su abuela materna intenta costear por sus propios medios los gastos médicos y el apoyo psicológico que las instituciones no han garantizado de manera efectiva.
Para Martha Pinto, la esperanza de hallar a su hija con vida se ha desvanecido con el paso de los años, pero persiste la necesidad imperiosa de recuperar sus restos para brindarle una sepultura digna. Guiada incluso por sueños donde Angie parece indicarle el lugar exacto donde fue enterrada, la mujer continúa exigiendo que las autoridades actúen con el rigor que el caso merece.
La justicia sigue siendo una promesa pendiente para una familia que se niega a aceptar que el rastro de una mujer joven pueda borrarse sin dejar ninguna consecuencia legal.
