En el municipio de Yopal, el Centro Kairos alberga a más de treinta jóvenes que participan en un proceso de formación integral liderado por el Instituto de Cultura y Turismo de Yopal ICTY. A través de programas que abarcan desde la música hasta la panadería, los internos encuentran herramientas para redefinir su identidad y su futuro.
Kevin, uno de los residentes con dos años de permanencia en la institución, describe su estancia como un periodo de aprendizaje constante donde descubrió el valor de las manualidades.
Tras meses de práctica guiada inicialmente por un compañero y luego por docentes externos, ha logrado dominar la compleja elaboración de chinchorros. Esta actividad le permite invertir su tiempo de forma productiva mientras desarrolla habilidades que le tomó más de seis meses perfeccionar para trabajar de manera autónoma.
La disciplina adquirida en los talleres del centro se refleja también en la formación académica externa de los jóvenes con mejor comportamiento. Kevin cursa actualmente un técnico en electricidad industrial los fines de semana, un beneficio obtenido gracias a su conducta ejemplar y al rechazo de influencias negativas dentro del establecimiento.
Según los relatos desde el interior del centro, la convivencia se mantiene bajo términos cordiales, priorizando el consejo mutuo y el apoyo entre compañeros para evitar la reincidencia en conductas delictivas una vez recuperen la libertad. Los internos enfatizan la importancia de escuchar los consejos familiares para evitar los errores que conducen al sistema correccional.
Yilandy Pérez, directora de la entidad cultural municipal, señala que el enfoque institucional busca fortalecer la empatía y la igualdad social mediante veintidós modalidades de formación técnica y artística. Las actividades artesanales funcionan como una terapia emocional que ayuda a los jóvenes a transitar el aislamiento mientras construyen activamente una cultura de paz.
El proyecto trasciende la simple enseñanza de un oficio, pues busca consolidar un proyecto de vida integral que culmine en la autonomía económica de los participantes. Para ello, el instituto trabaja en la creación de rutas que vinculen a los empresarios y a la ciudadanía en la comercialización de los productos finales.
Para Laura Ramos, coordinadora de los programas formativos, es fundamental desvirtuar la imagen negativa de los centros de corrección y reconocerlos como escenarios de transformación humana.


La iniciativa invita a la sociedad civil a adquirir las piezas tejidas por los internos, como los chinchorros, reconociendo el valor patrimonial y el esfuerzo que cada objeto representa. De esta manera, el tejido artesanal se convierte en un símbolo de resiliencia y en el punto de partida para una integración social efectiva en la región.
El apoyo de la comunidad, mediante la compra de estas artesanías o la donación de materiales como hilos de nailon, es considerado esencial para la sostenibilidad de estos ciclos de enseñanza.


